jueves, 30 de marzo de 2017

La lengua seca



La lengua seca


Los aztecas escuchaban con cierta molestia el sonido que hablando proferían los invasores españoles. Los aztecas llamaron a la lengua española “la lengua seca”. En unos anales figuran estas desagradables impresiones que tenían cuando escuchaban el sonido rasposo y roto de los españoles hablando. Decían que era una “lengua seca” que servía sólo para mandar, dar órdenes y avasallar. “Allí suena el prepotente, así suena su lengua seca ahogada en órdenes”. Qué maravilla esta observación de quienes lo padecieron directamente y recalaron en este aspecto de una lengua que nosotros repetimos aún, repetimos nuestra prepotencia y soberbia hablando, haciendo sonar la lengua seca del español prepotente. Así nos suena aún a muchos cuando escuchamos el tono y las inflexiones de un español que más de una región o de otra repite al hablar sonidos de mandamás, de un maltratador fonético como pocos. Nosotros los argentinos les sonamos parecido a los centroamericanos, sonamos mandones, altivos. Todavía esa lengua seca se activa cuando un español habla, digo habla y no dialoga, pues su habla suena unilateralmente, es un sargento mandón con un sinfín de frases terminantes y dichas para no ser puestas en duda. El español es una lengua prepotente, explosiva, es un idioma extremo que no acepta desobediencias. “Chillidos, chillidos entre ellos, nos hacen temer sus chillidos”. No es la riqueza lingüística lo que señalo sino que su riqueza es en sí misma producto de una coraza que la proteja, un peto violento que los aztecas esclavizados oyeron golpear. Por supuesto que cualquier observación será inmediatamente descartada por hostil y no por oportuna, pero el emisor de la lengua seca aún nos trata como trapo cuando nos habla. Toda lengua tiene un ser que la ejecuta y ésta tuvo y tiene un ser que dispensa desdén y mando dominación y dominio, un ser que se blande señor sobre los demás.



Daniel Battilana