jueves, 29 de mayo de 2014

Digregar para sucusar



Mi arte de la digresión es desenfocar la fuerza del saber en ignorar completamente la poesía, dejar de estar inmerso, salir del inmerso de su superstición para amenazarla con mi superstición sin lenguaje, sin lenguaje, con el primitivismo del deseo provocarle fecundaciones, huevos de sentido, fornicar lo que no se ve de mí hermafrodizarme contra todos los modos de la belleza aún los insoportables, disparar perforaciones para hacer balas. La digresión es vital para que el lenguaje no sepa lo que queremos decir, evitar que interfiera con la aparente sustancialidad de lo invisible, el lenguaje es una superficie mágica, una membrana de nueve dimensiones de la cual habitamos sólo dos, la tercera es la proyección que la protege de nosotros: la superstición de la poesía. Estamos tan violentamente enfocados en la conservación de lo que pensamos que creemos usar la escritura como reemplazo de la memoria, no vemos cómo se deteriora lo que se conserva, tampoco vemos cómo se degrada la parodia más temida de esa poesía con todos sus residuos expuestos cristianismos mécanicos de gramáticas no dimensionales. Para excursionar y mantenerme adentro del afuera invento una membrana piadosa, un párpado de polvo, una vitela cáustica y porosa que como un tímpano de barro ahogue todo antes de flotar y ni siquiera una burbuja deforme la esperanza de un relieve, la cautela de una hendija, la rugosidad de un empalme, un objetivo, un lente de agua una mancha vaciada pueda traspasar y fingirme un interior o el fraude canópeo de un síntoma haga de cápsula en palabras; poder abrazar el humo de esa presa inactivada que he esclavizado para que vibre, vibre incordiosamente como un baldío homeopático, una sucución, un frasquito lleno de algo que pasó y conservó intras y extras, visitó las inútiles centralidades de la obediencia. Llegar así al poema abogadro cuyo número se digrega sin ser detectado por los lenguajes preexistentes.


Daniel Battilana





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